Graduado en economía por la Universidad de Suffolk en Massachusetts, Alejandro Betancourt es un empresario venezolano cuya fortuna se estima en alrededor de 2.600 millones de dólares. Su firma, North American Blue Energy Partners (NABEP), será la encargada de la explotación de yacimientos petroleros en Venezuela, en un acuerdo anunciado por el expresidente Donald Trump, el cual ha sido calificado como "el mayor de la historia".
Este pacto ha suscitado dudas sobre la legalidad de conceder a EE.UU. el control mayoritario de 17 yacimientos que representan el 21,5% de las reservas probadas de petróleo venezolanas, aproximadamente 65.000 millones de barriles. En lugar de incluir a grandes nombres de la industria petrolera, NABEP, una compañía poco conocida, liderará el proyecto.
Betancourt, conocido por sus vínculos con el régimen de Hugo Chávez, ha sido objeto de diversas investigaciones en múltiples países por sus actividades empresariales. En su defensa, indicó que Venezuela tiene recursos naturales abundantes y un potencial sin explotar que este acuerdo podría liberar.
Un empresario con conexiones polémicas
Nacido en Caracas en febrero de 1980, Betancourt se relacionó con figuras clave del gobierno venezolano desde su juventud. Su éxito en la creación de Derwick Associates, una empresa de ingeniería, estuvo marcado por la obtención de contratos millonarios sin licitación, lo que ha llevado a acusaciones de corrupción.
A pesar de las críticas, su influencia ha crecido, logrando participar en el sector petrolero con Petrozamora. En la última década, Betancourt ha diversificado sus inversiones a nivel internacional, participando en empresas en España y el sector bancario en Suiza y África.
El abogado de Betancourt ha defendido su integridad, asegurando que su cliente no ha sido formalmente acusado en EE.UU. y que ha colaborado con investigaciones, aunque su nombre ha salido a la luz en casos de corrupción relacionados con la estatal Petróleos de Venezuela.
La elección de Betancourt como socio estratégico por parte de EE.UU. se justifica en su capacidad de producción de petróleo y en su papel como intermediario entre la oposición y el gobierno venezolano, lo que lo ha llevado a convertirse en una figura clave en el rediseño de las relaciones entre ambos países.